Jueves 26 de noviembre
En lugar de los sueños placenteros que pronostiqué tener tuve pesadillas infernales, donde era asesinado por mi esposa quien me decía. “Muerto Tololo ahora si serás mío”
Desperté varias veces y con el corazón desbocado me acerqué a la puerta de su cuarto y caminé por el apartamento, tal vez verificando que nada era real, pero como si fuera un ciclo que continuaba, cada vez que me volvía a dormir llegaba la pesadilla, pero no en el mismo lugar sino que continuaba como una serie en capítulos.
Cuando me marché mi esposa seguía durmiendo, aprovechando unos días de descanso que le dieron.
La cabeza parecía un trampolín que iba y venía y me proporcionaba una sensación de vértigo, parecido al beodo cuando comienza su borrachera.
En la oficina mi secretaría, cual mago de circo, logró hacer aparecer un analgésico que según ella era potente y difícil de encontrar ya que lo traían del lejano oriente.
No pregunté cómo se llamaba ni de que manera llegó a sus manos sino que me lo tomé y milagrosamente hizo desaparecer todo el malestar.
Eso dio paso a mis cavilaciones existenciales. “¿Habré mal interpretado las palabras de mi esposa sobre la muerte de Tololo?” “¿Habrá querido decirme que solo después de muerto es que me perdonará?”
La visita de un importante cliente hizo desvanecer las conjeturas y una reunión de emergencia para afinar los detalles de una campaña de fin de año y comienzo del nuevo me mantuvo ocupado todo el día.
Sin embargo, la curiosidad por el nombre de la pastilla milagrosa regresó antes de marcharme y pregunté a mi eficiente secretaria donde podría comprarla y como se llamaba.
Me miró con cara sonriente y por primera vez me percaté de su bello rostro y los ojos azules que los iluminan.
-En cualquier librería.
Estaba seguro que era una broma pero insistí y la respuesta casi logra hacerme caer de espalda como les ocurre a los personajes de Condorito.
-Era solo un trozo de tiza que corté y di forma de pastilla. Los dolores son en su mayoría más mentales que físicos.
Si lo contara me dirían que es una mentira más.
Aprovechando la tregua llamé a mi esposa y la invité a cenar en su restaurant favorito.
Un hostal al estilo gallego al cual acostumbrábamos ir en nuestra época de recién casados.
No tomé licor y eso me permitió contemplar a mi esposa, como nunca antes, durante veinte años de casados lo había hecho.
Tal vez Gardel tenía razón porque a pesar de sus cuarenta y cinco años ella sigue manteniendo ese vigor y frescura de cuando apenas tenía un poco más de dos décadas, época en que la conocí.
En ocasiones no apreciamos lo bello que tenemos por andar deseando nuevas aventuras que al final nos dejan más sinsabores que placeres.
Hablamos más de cosas de trabajo que personales, como amigos que viven juntos y me confesó que está pensando mudarse a Europa, lugar donde vive nuestro hijo mayor.
Quizás estoy poniéndome viejo pero creo que si no me apresuró a reparar la escalera que representa nuestro matrimonio, voy a quedarme guindado de la brocha.
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