domingo 25 de abril de 2010

Tololo, diario de un feo - Viernes 4 de diciembre (Dia 20)

Viernes 4 de diciembre

En mi barrio las lavadoras llegaron cuando yo ya era un adolescente, por lo que las mujeres debían lavar a mano y cuando alguna acompañaba esa labor con alguna canción o silbido decían las malas lenguas que era porque había sido servida sexualmente de manera eficiente la noche previa. Y esto viene a mi mente cochambrosa porque sin darme cuenta mientras manejo a mi oficina voy tarareando una canción. Helen no es de lo mejor que ha pasado por mi cuerpo pero se esfuerza y consigue resultados y lo más importante de todo es que anda rueda libre, estéril clínicamente, así que no hay peligro de algún disparo mal colocado.
En ocasiones cuando me levanto irreverente, en más de una ocasión mirándome al espejo he pensado: “Sin dudas las mujeres son locas, porque si yo en lugar de él fuera ella, ni loco me acostaría conmigo, porque si ya despierto soy feo, recién levantado debo parecer un ogro”
Siempre entre mis chistes de escenario cuento uno en el cual el médico le dice a mi mama, cuando me acababa de parir. “Señora, láncelo al aire y si no vuela es porque aunque no lo parezca es humano” Mi pobre difunta madre me hizo prometerle en su lecho de muerte que nunca más la nombraría entre mis protagonistas de espectáculo
Los artistas somos incomprendidos por nuestros familiares cercanos.
Hay para quienes la vida es un cumulo de negaciones y solo ven el lado malo de las cosas y para quienes desmenuzan lo bueno y son felices con muy poco.
Entre las cosas que me han impactado en mi carrera la mayor fue cuando me presenté en un leprosorio. En una silla de rueda se encontraba el despojo dejado por esa enfermedad en un ser humano. Un hombre, si aún podía decírsele así, bajito a quienes le habían amputado los brazos desde más arriba del codo y las piernas desde las rodillas, con todo el respeto del mundo parecía una tortuga sin miembros. El hecho es que se gozaba tanto el espectáculo que en un ataque de benevolencia hice que lo subieran al escenario para que nos contara algún chiste y el hombrecito prácticamente me robó el show. Sus cuentos eran mejores que los míos y uno de ellos lo recuerdo cuando por alguna razón me siento deprimido. Dijo él casi textualmente esto: “La gente arruga la cara cuando me ve y cree que soy infeliz por el estado que me encuentro, pero lo que no saben es que gracias a esta condición tengo secretarios permanentes para todo, tienen que darme de comer, beber y cumplir todo lo que deseo, estoy mejor atendido que una miss y desde el barrendero hasta el jefe de acá tienen que salir corriendo a llevarme al baño cuando a las tripas le dan ganas de expulsar sus desechos, porque si no deben limpiar mis excrementos. ¿Saben cómo me han apodado? La tortuga ninja.”
Hace poco me enteré que murió, de seguro lo hizo con una sonrisa en la boca, como la que cargo yo ahora.
El día como todos los viernes es de locura y en la noche huyo de mis amigos sinvergüenzas y me voy al apartamento.
Me encuentro como estudiante de secundaria ante el examen final.
Estudiando mi libreto a ver que puedo inventarme convincente para que no me echen a la calle o para que el otro. ¿Existirá? No ocupe mi lugar.

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